Parece que las vacaciones se van acabando y septiembre nos devuelve poco a poco a lo cotidiano. Y también a algunos temas que quizá durante el verano hemos dejado un poco más de lado.
Uno de los que más me obsesionan son los residuos.
Revisando estos días noticias y actualidad, he visto que hasta el 3 de septiembre está abierta la consulta pública para modificar la Ley de Residuos y Suelos Contaminados y adaptar la legislación española a la nueva Directiva europea.
Esta Directiva pone especialmente el foco en dos sectores que merecen mucha atención: los residuos alimentarios y los textiles y de calzado. Dos ámbitos especialmente intensivos en el consumo de recursos.
En el caso del textil, además, el problema es enorme. Producimos muchísimo, consumimos muchísimo y seguimos funcionando en gran medida bajo una lógica demasiado lineal: producir, usar y desechar.
La nueva normativa europea quiere avanzar, entre otras cosas, en prevención, reutilización, recogida y reciclaje, y en una mayor responsabilidad de quienes ponen esos productos en el mercado. Por la propia complejidad del sector, el MITECO está desarrollando la parte de textiles y calzado mediante otro real decreto. La modificación de la Ley de Residuos que ahora está en consulta se centra especialmente en transponer las cuestiones relativas a los residuos alimentarios.
Y aquí es donde quiero detenerme.
Porque en España ya tenemos desde 2025 una Ley de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario.
Y hay algo de esta ley que me gusta especialmente: el orden importa.
Primero hay que intentar que el residuo ni siquiera llegue a producirse.
Después, aprovechar aquello que inevitablemente haya sobrado: prioritariamente para consumo humano, después para alimentación animal y otros posibles usos.
Y solo en última instancia, cuando ya estamos ante un residuo, reciclarlo. La propia ley señala expresamente la obtención de compost y digerido de calidad para su utilización en los suelos.
Cuando leo esta jerarquía no puedo evitar pensar en mis 5R: Reconectar, Reducir, Reutilizar, Reciclar y Regenerar.
En este caso, las tres del centro se ven clarísimas.
Reducir, optimizando compras, producción y consumo para evitar que se genere el excedente.
Reutilizar, aunque jurídicamente hablemos de aprovechamiento o redistribución: conseguir que aquello que todavía puede cumplir una función siga haciéndolo.
Y, por último, Reciclar.
Y aquí llegamos a algo que siempre me ha parecido fascinante: cuando hablamos de materia orgánica, tenemos una forma bastante sencilla de reciclarla.
Compostarla.
Porque realmente no hemos inventado nada especialmente sofisticado. La naturaleza lleva muchísimo tiempo haciéndolo por su cuenta.
La materia orgánica se descompone, vuelve al suelo y puede convertirse en alimento para nuevas plantas.
Residuo → compost → suelo → plantas → alimento.
Volver a meter los materiales en el círculo.
Y aquí es donde me surgen más preguntas.
Desde finales de 2023, todas las entidades locales tienen ya la obligación de establecer la recogida separada de los biorresiduos. La ley contempla su reciclaje en origen o su recogida separada y posterior tratamiento en instalaciones específicas, prioritariamente mediante compostaje y digestión anaerobia.
Pero para mí poner un contenedor marrón no significa que el problema esté resuelto.
Lo que me interesa es qué ocurre después con toda esa materia orgánica.
Tenemos tecnología para separar y tratar residuos. Tenemos legislación. Tenemos procesos naturales que sabemos reproducir.
Entonces, ¿cuánto de todo ese residuo orgánico conseguimos realmente convertir en compost de calidad y devolver al suelo?
Ahí tengo bastantes más dudas.
Sobre todo cuando hablamos de sistemas enormes y de volúmenes hercúleos de residuos, donde muchas veces el objetivo parece ser gestionar el problema más que cerrar realmente el ciclo.
Además, la propia legislación es bastante clara: los residuos recogidos separadamente para reutilización o reciclaje no deben terminar incinerados o en vertedero salvo excepciones vinculadas al propio tratamiento. Es decir, separar tiene que servir para algo.
En abril ya escribí sobre la Ley de desperdicio alimentario, su apuesta por la economía circular y qué supone para las empresas.
Y sigo pensando lo mismo:
si la naturaleza sabe convertir sus residuos en recursos, deberíamos ser capaces de acercarnos bastante más a ese modelo.
Os animo a buscar iniciativas de compostaje, tanto en vuestra organización como en vuestro entorno.
Y si estás en Madrid y quieres encontrar una solución para los residuos orgánicos de tu empresa, puedo ayudarte.
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